Seguramente hoy habrías festejado el Día del Niño…

Y no lo digo nada más porque cotidianamente reías como un chamaco. Lo digo también porque aparte del Teatro ejercías la Psicoterapia.

 

Precisamente me quedé con ganas de tomar tu curso ese de Abrazando al Niño Interior que con tanto entusiasmo ofrecías regularmente.

 

Me quedé con ganas también de ver tu pastorela –«La campesinela»– esa que se convirtió en una tradición cada diciembre por más de 20 años…

 

Me quedé con ganas también de por fin animarme a engrosar las filas de l@s much@s alumn@s que tomaron tu Diplomado de Actuación Vivencial…

 

 

 

Pero principalmente me quedé con ganas de ese abrazo de cumpleaños en vivo y en directo que prometí iba a darte una vez que todo esto de la sana distancia pasara.

Te lo dije en el mensajito de Cumpleaños que te mandé por FB y que extrañamente no me respondiste.

Hebert coordinando, a la distancia, la celebración del Día Internacional de Teatro 2020.

Igual como tampoco tuve respuesta a la pregunta que te hice sobre si todo el material fotográfico que aparece en ese fabuloso documental sobre el devenir teatral en Tijuana que armaste para celebrar, en confinamiento, el Día Internacional del Teatro, y que muy generosamente dedicaste a otro de los grandes en los escenarios de la ciudad, Paco Morán.

Fue apenas el 27 de Marzo…

No sé desde cuándo comenzaste a sentirte mal. Yo apenas me enteré por un mensaje que me reenviaron por WhatsApp el 17 de Abril.

El 18 ya tenía casi todo listo para escribir una nota con el propósito de apoyar la campaña de recaudación que tu amiga-hermana-colega Soco Tapia estaba organizando.

Pero «también para ayudar a que la gente –en este caso la comunidad cultural específicamente– tome conciencia de la importancia de adoptar medidas de prevención… las que sean… las que crea que pueden ayudarle… pero que tome responsabilidad… con conciencia y no con miedo.»

Esto le dije a Carlos Corro, tu compañero de muchos años y quien estuvo al pendiente de todo.

A la entrada de la Casa de la Cultura de Tijuana, cuando servía como Director ahí.

Le pregunté si estaba de acuerdo en que rompiéramos el silencio que hasta entonces había habido, incluso por parte de las autoridades del IMAC, las encargadas de la Casa de la Cultura de San Antonio de los Buenos, donde seguías dando servicio público como Director.

«Estoy segura que Hebert estaría de acuerdo en que su caso sirva de utilidad para otros», le dije, apoyándome precisamente en todos tus años como servidor público, primero como militante en partidos progresistas donde incluso fuiste candidato a puestos de elección popular pero que no prosperaron, y luego como director, primero de la Casa de la Cultura de Tijuana, y luego de la de San Antonio de los Buenos.

Esto fue en la mañana del Domingo 19 de Abril…

Pero para la tarde-noche de ese mismo 19 ya habías fallecido.

Fue tan rápido. Tan repentino. Tan increíblemente repentino.

Te fuiste sin dar oportunidad de nada.

Hebert durante el homenaje póstumo a Carlos Niebla, en el 2018.

Te fuiste en medio de esta aberrante crisis mundial que seguimos digiriendo, pero que por lo pronto obliga a distanciarnos tanto, hasta el punto de ya no poder ni siquiera hacerte un homenaje de despedida como el que le brindaste, junto con muchos otros miembros de la comunidad, a Max Mejía, amigo, activista y colega; o a Carlos Niebla, nuestra irrepetible e inolvidable “Reina de su casa”, en donde prometiste no llorar pero terminaste rompiendo tu promesa.

 

Te fuiste.

Y me quedé con esa nota de apoyo que quería escribir. Y con las ganas de darte el abrazo de cumpleaños que te prometí por WhatsApp.

Ni modo.

Me quedo entonces con algo muchísimo más grande… tu enorme amor por todo lo que hiciste en tu vida, en tu mundo.

«Noche con tres lunas» fue la primer puesta en escena tuya a la que asistí.

Se presentó en el teatrino que en aquellos años existía dentro del Café Literario de la Casa de la Cultura ¿te acuerdas?

Me encantó. Literalmente. Y no sólo porque combinaba dos de mis artes escénicas favoritas: el teatro y la danza; sino además porque participaba la compañía dancística de Rosa Romero y Jorge Domínguez, que pronto se convirtió en una de mis predilectas y que por varios años estuvieron como artistas residentes y maestros ahí en la Casa de la Altamira.

Fue la época en que la enorme actividad creativa en Casa de la Cultura llamó la atención de Jaime Chaidez, que en aquel entonces escribía en la sección cultural del semanario Zeta –y por quien, como te platiqué un día, me decidí a estudiar comunicación cuando abrieron esa licenciatura en la ciudad–.

El Sótano de la Casa de la Cultura, cuando estaba ya cerrado. Foto: ZETA/Alejandro Gutiérrez Mora

La Casa, que durante muchos años fue como mi casa porque frecuentemente acudía para presenciar alguna obra, concierto, coreografía o exposición, estaba dirigida por el maestro del pincel Angel Val Rá.

Y aunque el “boom cultural” de esa entrañable época no permaneció, te quedaste tú, en tu Sótano, en tu querido Sótano, donde le diste vida y nombre a tu compañía teatral.

De ahí recuerdo muy vívidamente tu versión de “En altamar”, de Slawomir Mrozek, donde te confieso que Carlos Corro me sorprendió por su espléndida actuación.

 

Hebert -a la izquierda, siempre a la izquierda por supuesto– como actor y director de «Ramón y Cornelio».

Al poco tiempo cerraron el Sótano, aunque tú seguiste insistiendo en recuperarlo, y continuaste como maestro de Teatro en la Casa.

Y seguiste produciendo teatro, por supuesto. Ahora haciendo una exquisita mancuerna con la inigualable pluma de L.H. Crosthwaite.

Ahí está el ejemplo incuestionablemente brillante de “Ramón y Cornelio”.

 

 

O incluso ese espectáculo “Viejos amores en el nuevo mundo” en el que tuve el privilegio de participar como cantante, acompañada por el excelente piano de Turiya Mareya y la guitarra de Rosalía Roio.

Y aunque estos «Viejos amores» sólo tuvieron algunas funciones, sirvió para que a partir de ahí tú y yo nos saludáramos con el “Beeeesame… beesame muucho” de la inconfundible canción de Consuelo Velázquez, que yo cantaba dentro del repertorio del espectáculo.

…en fin.

Te fuiste.

Ni modo.

Me quedo con el corazón gigante que le pusiste a todo lo que llevaste a cabo en vida.

 

…y cantando, en tu honor y como consuelo, precisamente el “Corazón Gigante” de Eugenia en sus últimas líneas:

 

en mis sueños un ángel

me viene a platicar

que el corazón gigante logró llegar…

 

Y se fue con el sol de Abril,

sin miedo y sin discutir;

y dejó tanto por aquí:

su vida y también

a mí.

Hebert Axel González

(1960-2020)

 

 

Alma Delia Martínez Cobián

30 de Abril de 2020

en CDMX

 

 

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